Por el Dr. Justo Alejandro Estoup
Los padres fundadores de la República Argentina, cuando plantearon el proyecto de la gran Nación, se imaginaron la sociedad argentina con determinadas características. Fruto de la inmigración, una sociedad heterogénea, con el principio del crisol de razas, como así también, la educación como el gran motor de la movilidad social. Era el Estado el garante de la igualdad de oportunidades. Que tanto ricos como pobres tuvieran acceso a la misma educación que igualara las diferencias que provenían del origen social. Es así que durante el siglo XX la Argentina vivió décadas de esplendor en cuanto al progreso social a través de un instrumento fundamental que fue la educación pública. Esta misma educación fue la que junto a la industrialización vivida desde la década de 1930 consolidó un modelo de clase media, constituyéndose en un paradigma social en todo el espacio cultural latinoamericano. La prematura obligatoriedad de los estudios primarios como secundarios y la gratuidad de los estudios universitarios, son considerados los grandes símbolos de la Argentina culta y en crecimiento. Junto con este fenómeno, la Argentina vivió durante el siglo XX momentos de efervescencia literaria, representado por sus poderosas editoriales que esparcieron por el mundo de habla hispana, no solamente a los pensadores argentinos, sino inclusive convirtiéndose nuestro país en el gran centro de traducción de pensamiento universal. Sin embargo, lo años ’70 significarán el declive de todo este proceso.
Durante la presidencia de Onganía se recuerda la noche de los bastones largos, siendo obligados al exilio gran parte de los intelectuales y científicos de las universidades más importantes del país. Años más tarde el Estado lentamente desvió el interés por la educación pública y se replegó abriendo el abanico para el surgimiento y fortalecimiento de espacios de educación privada. Este último fenómeno distinguiría la división entre una educación para los más humildes, a cargo del Estado y otra educación para los mas pudientes, a cargo de los colegios-empresas privadas, rompiéndose el ideal de homogeneidad e igualdad de oportunidades.
No caben dudas que un signo de la decadencia argentina de las últimas décadas ha sido la degradación que ha sufrido la escuela pública. Los establecimientos periféricos y rurales se han convertido en centros de provisión de alimentos a aquellos sectores desposeídos y desplazados por el mercado, desmantelándose de esta forma la funcionalidad de los colegios de pasar de ser formadores a comedores. El gran objetivo de la escuela pública ya no era la igualdad de oportunidades, sino otorgar la posibilidad de que vastos sectores de la población, tengan acceso a los nutrientes más necesarios, sobre todos en las edades más tempranas de la niñez y la adolescencia, tan importante para el desarrollo posterior del ciudadano.
Otro proceso debe llamar la atención que fue el traspaso del sistema educativo a cargo de la nación a las provincias, y como éstas afrontaron la difícil tarea de mantener el régimen escolar con recursos variados. Algunas provincias con esfuerzo han inclusive mejorado los estándares educativos, como así también han mantenido una relación pacifica y de entendimiento con los sectores que agrupan a educadores.
Corrientes no ha manifestado en los últimos años un crecimiento que pudiera ostentarse como parte del éxito de las políticas públicas llevadas por los gobiernos provinciales. Conflictos permanentes con los sectores gremiales, y sobre todo en términos comparativos, salarios que privan a los educadores las condiciones más dignas de supervivencia. Estas circunstancias son acompañadas también por la bajísima inversión en la estructura escolar o la necesidad imperiosa de nuevos establecimientos que cubran las necesidades del crecimiento demográfico y que el mercado laboral demanda. No obstante se debe poner en relieve la conquista paulatina que el Estado nacional ha puesto en marcha con el objeto de recuperar a esas generaciones de argentinos que han sido desplazados del sistema socio-laboral. Me refiero esencialmente a la asignación universal familiar y el plan joven.
A pesar de las críticas, se puede afirmar que dentro de los requisitos de los mismos está el cumplimiento de un conjunto de exigencias relacionadas con la permanencia del niño y adolescente en el sistema escolar y la contención sanitaria correspondiente. Estos mecanismos abren un halo de esperanza que combata la deserción escolar, como así también la desnutrición crónica de los sectores desplazados socio-económicamente. El Gobierno provincial continúa en deuda ante la falta de políticas serias que rescaten a los jóvenes de las seducciones más temibles como las adicciones o la indiferencia a la cultura del trabajo. La esperanza de cambio recae en las nuevas generaciones de políticos con mayor compromiso en la justicia social y en el fortalecimiento y sustento de la escuela pública.
